río landro

Aún sin dragón, caballero ni doncella, el río Landro sigue destilando leyenda.

Como si de un decorado se tratase, las casas que anteceden al sendero por el río se reparten la paleta de pinceles, y dan una bienvenida de color que no se escapa a la retina.


La entrada se alcanza por debajo de la vía del tren, flanqueada por dos figuras plateadas que nos recuerdan lo importante de ir sin prisa, y la diferencia entre caminar y contemplar.


El río Landro desemboca en la ría de Viveiro, y nos regala antes un paisaje tranquilo, donde unas pocas barcas de agua dulce, agua salá salpican la orilla con rumbo a la salida, en favor de la corriente.


Este camino no es de cabras, pero sí de unas vacas, por lo menos aquí, acostumbradas a visitantes que encuentran en su presencia una excusa perfecta para detenerse, y obedecer así a las figuras plateadas.


Otros tramos de madera nos permiten asomarnos al precioso humedal que sustenta el río Landro, protegido en la Red Natura 2000, e incluso al pequeño pantalán Castelo, que invita a recorrerlo desde dentro.


De este pozo, cuenta la leyenda, emerge la furiosa cola escamosa de veinte metros del Dragón de Piago, guardián eterno de la campana hundida de una ermita, donde doña Inés lloraba la muerte de su hijo, y donde se le apareció la figura de su padre asesinado, y la cabeza del asesino.


El área de descanso de Portochao nos quita el miedo del cuerpo y marca el final del recorrido. Tendremos una segunda oportunidad de encontrarnos con el dragón al regreso, pero eso también será leyenda.

Río Landro. Viveiro. Lugo


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couto de ximonde

Nos vamos de pesca, te vienes?

El Ulla no se esconde, aunque de vez en cuando los árboles de ribera se afanen por contemplarlo ellos solos.


En tierra firme, y apenas pasada la entrada al coto, nos recibe el Pazo de Ximonde. Cuentan que en su día perteneció a la familia Cisneros, descendientes ni más ni menos que del rey Alfonso XI. Hoy alberga una estación ictiológica (dedicada al estudio de los peces) y un aula de la naturaleza.


Sobre el río despliega su presa para garantizar la conservación de los peces que transitan por el Ulla y hacer sostenible su aprovechamiento, según nos indica un panel próximo a la estación.


Cuando está a punto de terminar sus once kilómetros de recorrido, llega hasta aquí el PR-G 36, Sendeiro de San Xoán da Cova. Si lo seguimos podemos poner a prueba nuestro equilibrio, viendo el descenso del Ulla por su margen derecha.


Al otro lado de la orilla, el Liñares vierte sus aguas en él y desaparece, mientras poco después el Área de Recreo de Cubelas marca el fin del pequeño recorrido y el final de nuestra entrada.


En el pequeño arboreto del área recreativa podemos encontrar ejemplares de abedul, aliso, avellano, fresno, sauce y muchos otros. Echando la vista atrás, el Ulla se muestra perezoso, y retrasa con antelación su desembocadura en la ría de Arousa.

Por cierto, ya al marchar, comprobamos que no habíamos llevado caña de pescar. Con Ximonde a nuestros pies, faltó muy poco para no darnos ni cuenta.


Couto de Ximonde. Vedra. A Coruña


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a curotiña y a curota

... los ojos son unos ilusionados embusteros.
Ramón María del Valle-Inclán


Desde A Curotiña, las bateas que llegan hasta Boiro parecen fichas de dominó en un tapete azul, extendido más allá de los límites que le impondría una mesa de salón.


Una inscripción nos cuenta que a estos miradores de Barbanza “acudía con frecuencia don Ramón para contemplar y saborear los paisajes de los antepasados y de su creación literaria”. Y colocaron aquí un busto del escritor, unido a un merendero y orientado al mar, intentando inmortalizar su elegida mirada.

Ya en A Curota, a algo más de 500 metros de altura, la vista se amplía y A Pobra do Caramiñal se dibuja pegada al puerto y a la playa. La isla de enfrente es A Illa de Arousa, unida al otro lado de la ría por un puente de dos kilómetros, inaugurado en 1985 y considerado el más largo de Galicia.


Desde aquí, de hecho, se ve con nitidez toda la ría de Arousa y más, incluida la isla de Sálvora, antesala del mar abierto. Hacia la derecha del mirador, la pista que transitábamos se pierde en la montaña, al paso de una caseta de vigilancia con panorámicas envidiables.


Hacia el otro lado, el cañón del río Barbanza se impone en el paisaje, y nos traslada de repente del mar al agua dulce con apenas tiempo para darnos cuenta.


En dirección al parque eólico, es común ver caballos que transitan libremente, y que saben guardar la distancia perfecta entre salir en la foto y estar prestos a cambiar de pastos ante el mínimo intento de querer compartirlos con ellos.


No sabemos cuánto influyó este sitio en Valle, ni si se trasladó a él cuando, escribiendo Luces de Bohemia, puso en boca de Max Estrella las palabras del comienzo de esta entrada. Seguro que no recordaba ni a Curotiña ni a Curota por lo de embusteros, pero apostaría que sí lo hacía cuando quería ilusionarse.


A Curotiña y A Curota. A Pobra do Caramiñal. A Coruña


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santo andré de teixido

Nosotros preferimos galiciar de vivos.

Desde la distancia, Santo André de Teixido (más conocido como San Andrés de Teixido, en su versión no oficial) parece que se va a caer al mar, aferrado a tierra entre acantilados, en la Serra da Capelada. El mirador próximo, en donde se recuerda a Claudio Boquet al pie de un cruceiro, es un buen sitio para empezar a impresionarnos.


Una vez llegados hasta aquí es fácil dudar del año en que vivimos, apartados los visitantes contemporáneos, las tiendas de recuerdos, y unas antenas y cables que nos conectan a nuestra época. Todo los demás, parece de otro tiempo, con fachadas de piedra que se niegan a ocultarse entre paredes blancas.


Tras un breve descenso se ve la iglesia, en armonía con el resto de casas, pero destacada por su torre campanario. Sobre la puerta lateral de acceso, aún se puede leer que ‘hasta la capilla mayor fue hecha por Don Miguel López de la Peña, en el año 1789’.


Con más plazas de aparcamiento que casas y habitantes, San Andrés es un lugar de peregrinación. Y perviven en él lejanas tradiciones que instan a pedir un deseo, beber de su fuente y echar en el agua un trozo de pan que no debe hundirse para que la fortuna sonría.


El mar que está cerca, pero que ha decidido no subir hasta aquí, debe quedar fascinado ante las oleadas de bullicio, campanadas, misa y silencio.


Dicen que ‘a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo’. No sabemos si para entonces se podrá repetir pero, si es en las mismas condiciones, no nos importaría volver.

Santo André de Teixido. Cedeira. A Coruña


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ponte maceira

Ponte Maceira es de esos sitios en los que aún quedan mariposas.

No hay fotografía de Ponte Maceira que no presuma de su puente medieval, evocador y omnipresente, sobre el río Tambre. La capilla de San Blas asoma en la otra orilla, mientras en ésta un restaurante con terraza y vistas anima a retrasarnos.


Os llamará la atención comprobar que hasta el coche de Google ya estuvo en Ponte Maceira, aunque no podáis cruzar el puente con él. Para eso, de momento, aún hace falta allegarse hasta aquí.


Hay quien además de allegarse decidió quedarse, y qué mejor que un pazo solariego a orillas del río para ficar bien situado. Sobre el propio río y más modestos, se conservan en parte unos molinos accesibles, y que aún mantienen la piedra horadada sobre la que se molía el grano.


En los alrededores, crecen árboles de ribera y detrás carballeiras y soutos de castañas, mientras esta corriente de agua que sólo transita por Coruña se afana en no dejar de sorprendernos.


El camino de Santiago a Fisterra también pasa por aquí, y está bien indicado, luciendo varias veces la conocida concha de vieira amarilla sobre fondo azul. La rúa da Ponte Maceira, por su parte, nos devuelve hacia el punto de origen desde el otro lado del río.


Pero antes de marchar, qué mejor que un atardecer sobre el Tambre que Maceira cruza con su puente, un puente del por aquí sí pasarán, incluso las mariposas.


Ponte Maceira. Negreira. A Coruña


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ortegal

Dicen que Ortegal caía por el centro de Pangea, antes que al supercontinente le diera por dividirse. Debió ser difícil separarse para siempre de un sitio como éste.

El brazo de Ortegal es alargado y simula protección. Los que ven el divortium aquarum aquí -y no enfrente, en Estaca de Bares-, confirman que por un lado lo baña el océano Atlántico y por el otro el mar Cantábrico.


Detrás de su faro, sobresalen Os tres Aguillóns, tres peñascos afilados y alineados con escuadra y cartabón de la época, pero aún más antigua. Según cuentan los que leyeron las webs de hace 19 siglos, el mismo Ptolomeo los bautizó con el nombre de Trileuco.


A poca distancia del cabo, y ganando en altura, se divisa Cariño, municipio que presume de tener a Ortegal entre sus lindes y que urbaniza de teja al uso y paredes claras un suelo pegado al mar.


El miradoiro da Miranda nos pone en perspectiva, y sin alejarnos demasiado nos muestra la península de Figueiroa y la parte que nos quedaba oculta de la ría de Ortigueira, donde el mar parece pintado ante arena y árboles que se niegan a sumergirse.


Y por fin, hacia la otra orilla, los acantilados de Vixía Herbeira, en plena Costa Ártabra y Serra da Capelada. Con 613 metros sobre el nivel del mar, son los acantilados marinos más altos del centro y sur de Europa, como no se olvida de indicar uno de los letreros de la zona.


Su afamada garita, resguardada por un muro que asoma al precipicio, contempla olas que se suceden a cámara lenta, como si fueran a quedarse sin batería de repente.


Pero electricidad no les falta. Los molinos de viento se han conjugado con el paisaje, y observan desde arriba a caballos que los esquivan sin mayores miramientos.


Yo creo que las olas van tan lentas porque no quieren separarse de un sitio como éste.

Ortegal. Cariño. A Coruña


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alto do picato

Sugiere definirse como sitio de amparo, resguardo, socorro, acogida y, por si fuera poco, ubicado en las montañas.

El PR-G 84, Ruta de subida ao Picato, comienza y acaba en un refugio, el de Chao do Couso, a orillas de la carretera de Trabada a As Rodrigas.


No estábamos acostumbrados a encontrar refugios de forma tan fácil y accesible, antes incluso de empezar a caminar... Pero no por ello pierde su encanto, con tejado a dos aguas, revestido de piedra, receptor de renovables y, sin duda, confesor de historias que merecen contarse en travesía.

Abandonado el refugio y su área recreativa, resta caminar entre un bosque de pinos, que sobresalen en intensidad, ante unos socorridos eucaliptos, vecinos y más difuminados. Reviste el pico final una paleta para brocha fina que aconseja detenerse, y no asumir el riesgo de mezclar los colores.


Lo que bien podría ser A pedra do Picato, se muestra omnipresente una vez ascendido, y es difícil no fijarse en ella sin darle la espalda.


Dicen que en días despejados se divisa desde aquí la costa de A Mariña Lucense. Más allá de las primeras montañas, asoma Asturias y, girando sobre nosotros, hacia el otro lado, podemos ver el valle de Lourenzá, pegado a bosques de pino silvestre.


Mientras descendemos hacia el punto de llegada y partida, el mosaico gallego se vertebra una y otra vez, con pequeñas aldeas y casas aisladas, en sintonía con una naturaleza que se muestra más amable con el paso del tiempo.


Y si no es así, siempre nos quedará el refugio...

Alto do Picato. Trabada. Lugo


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