Como si de un decorado se tratase, las casas que anteceden al sendero por el río se reparten la paleta de pinceles, y dan una bienvenida de color que no se escapa a la retina.

La entrada se alcanza por debajo de la vía del tren, flanqueada por dos figuras plateadas que nos recuerdan lo importante de ir sin prisa, y la diferencia entre caminar y contemplar.

El río Landro desemboca en la ría de Viveiro, y nos regala antes un paisaje tranquilo, donde unas pocas barcas de agua dulce, agua salá salpican la orilla con rumbo a la salida, en favor de la corriente.

Este camino no es de cabras, pero sí de unas vacas, por lo menos aquí, acostumbradas a visitantes que encuentran en su presencia una excusa perfecta para detenerse, y obedecer así a las figuras plateadas.

Otros tramos de madera nos permiten asomarnos al precioso humedal que sustenta el río Landro, protegido en la Red Natura 2000, e incluso al pequeño pantalán Castelo, que invita a recorrerlo desde dentro.

De este pozo, cuenta la leyenda, emerge la furiosa cola escamosa de veinte metros del Dragón de Piago, guardián eterno de la campana hundida de una ermita, donde doña Inés lloraba la muerte de su hijo, y donde se le apareció la figura de su padre asesinado, y la cabeza del asesino.

El área de descanso de Portochao nos quita el miedo del cuerpo y marca el final del recorrido. Tendremos una segunda oportunidad de encontrarnos con el dragón al regreso, pero eso también será leyenda.
Río Landro. Viveiro. Lugo
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